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La enfermedad europea

15 junio 2013

¿Es una dermatitis o una rosácea? ¿Padece de paquidermitis o de gigantismo? Lo cierto es que Europa está enferma, y los remedios que vienen de la Comisión, del Parlamento o del BCE no acaban de diagnosticar convincentemente al enfermo. La Europa del euro está recalentada y pocos son los que ponen coto a esas humaredas inexplicables. Hace unos meses, Vicente Molina Foix vociferaba a quien quisiera oírle sobre la profunda crisis económica de la Europa del sur, en un artículo cuyo título era de gran expresividad: “Europa, el paquidermo”. Citaba Foix un artículo anterior del veterano político español Javier Solana, (“Europa y la modernización de España”), un texto espléndido en el que el político socialista comenzaba diciendo: “Hoy quedan tres países europeos entre las siete primeras economías del mundo. Dentro de diez años quedarán dos. En 2030 sólo Alemania aguantaría en la lista, pero en 2050 ya no quedaría ninguno”. Frente a Solana, el artículo de Foix terminaba con estas palabras de marcado pesimismo: “La criatura además [se refiere a la Unión Europea], ha crecido con un gigantismo que, por bienintencionado que fuese en teoría, se demuestra impracticable, al convertirse en foco de nuevas desigualdades, apaños, egoísmos y sometimientos a un injusto orden mundial. Yo no tengo, naturalmente, la solución de este monumental fracaso, y les imagino a ustedes, lectores, tanto los indignados como los resignados, igual de perplejos”.

El inveterado optimismo de Solana rechinaba en un momento de profunda crisis económica y marcado escepticismo,  un período prolongado de vacas flacas que casi roza con un pesimismo generalizado, después de una crisis que ha cumplido 5 años y de la que todavía no atisbamos a ver el final. Y como muestran las palabras de Molina Foix, para muchos, Europa es “impracticable”, algo que no puede llegar a nada. Pero ¿qué le pasa a Europa? La enfermedad europea se llama “euro”, una moneda que se puso en marcha en 2002 y que, en la práctica, originó la “Europa de las dos velocidades”. A esa Europa de primera se sumaron países de contabilidad dudosa (Grecia o Irlanda), pero también sus agentes, sus bancos y sus mercados de “contabilidad creativa”. Y los ciudadanos, acostumbrados a contar en pesetas españolas o liras italianas, pasamos a protagonizar un cambio del que no fuimos conscientes. La nueva economía daba un impulso nuevo con el euro, pero sus ciudadanos pensaban como en la economía del orden anterior. En el sexto año de la vida de don €uro, vinieron las primeras alarmas. La primera tos la dio Lehman Brothers, el primer resfriado fue de Estados Unidos, pero la gran recesión se produjo en Europa, enferma de contables y mandos intermedios, un país-continente sin consensos mínimos ni ideas claras (el presidente del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet, no sabía por donde salir del abismo y nos metió más adentro). También los consensos saltaron por los aires cuando la crisis alargaba sus tentáculos y miraba hacia Bélgica o Francia. Los mandatarios más mediáticos de la Unión, Sarkozy y Merkel, no llegaron a entenderse. Dudaron en los pasos a dar y, a continuación, llegó el primer traspié. Muchos gobernantes no quisieron hacer frente a sus responsabilidades. Estamos en mayo de 2010. Día 10 de mayo. El presidente español Rodríguez Zapatero sale de Bruselas con una idea clara: devaluar un 5% nuestra economía vía recorte al funcionariado. Para ello tuvo que acatar la orden directa de la UE y meter en cintura un presupuesto nacional que ponía en riesgo la moneda única. El siniestro discurso del presidente en la tribuna parlamentaria del día 12 se centró en las graves circunstancias de la economía europea como causa última del cambio radical de rumbo: “el elevado déficit, que hay que reducir del 11% al 3% antes de 2013, las dificultades de Grecia y los ataques especulativos contra el euro”. España se ponía a corregir sus desfases de una marena drástica, pero poco convencida. La ruptura del eje franco-alemán con la elección de François Hollande en plena crisis de la deuda ítalo-española acabó por empantanar las soluciones. Para terminar, las dudas de Reino Unido para con la política comunitaria del euro acrecentaron una parálisis que anticipaba el final de la Unión Europea que, nacida tras la Segunda Guerra Mundial, tuvo su momento estelar con la caída del muro de Berlín en 1990.

Croacia

Croacia, Estado 28 de la UE (1 julio 2013)

Y volvemos al principio: ¿qué le pasa a Europa? La respuesta correcta sería que nada que no le pase a otros países del globo. Pero ante la respuesta habida a la crisis económica de 2008, países como Estados Unidos o China, con gobiernos unitarios y directivas disciplinadas, han reaccionado mejor que la UE, que -torpe y timorata- se desangra en cifras de paro históricas y pérdida de competitividad en I+D+i. Las elecciones francesas, las italianas después y, por último, las elecciones de septiembre de 2013  en Alemania, paralizaron una y otra vez la política de una Unión que carecía de ideas y aguantaba el tipo ante tirones y rupturas de políticos y politicastros locales (el auge de nacionalismos excluyentes y soberanismos agazapados fue buena muestra de ello). Frente a un mundo acelerado que cambia por momentos inmerso en una segura revolución digital sin precedentes, frente a una nueva economía con bancos y mercados que operan en un orden global, con trabajadores y mercancías que van de acá para allá sin desvelo,  la UE plantea una política rala, dubitativa y subnormal, una política de pactos vintages, cuando Europa está necesitada de una verdadera política digital.

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